
Aprovechó la oscuridad del día y el bullicio de los miserables para pisar otra vez ese nauseabundo lugar. De pie, rodeado de prostitutas y mercaderes, llegó hasta la esquina del mercado donde nació. Cansado de ser perseguido creyó que ese sería su único refugio, que por fin después de haber sido señalado y maltratado por todos descansaría tranquilo… y no se equivocó.
El ser más putrefacto, nacido entre vísceras de pescado y basura descubrió y vivió un mundo distinto. La vida solitaria que llevaba Jean Baptiste hizo que desarrolle un gran sentido del olfato. Él iba en busca de nuevos olores. Seducido por los aromas desprendidos del cuerpo de las doncellas más aclamadas de pueblo mezclaba esencias e intentaba usarlas para ser aceptado y mantener un olor propio.
A pesar de los intentos, nada lo hacía verse más atractivo. Las llagas en su rostro y heridas por toda su piel anticipaban a cualquiera que, Jean, era más despreciable que un animal. Nadie podía mantenerse junto a él.
Su angustia y tristeza lo llevaron a convertirse en un terrorífico animal. Cuando la combinación de pétalos de rosas con aceites no excitaba sus sentidos decidió buscar un aroma diferente. El más parecido al cuerpo y carne humana. Estranguló a una bella mujer virgen; desde entonces se empeñó en mantener ese olor. Mató durante años a muchas jovencitas vírgenes. Jean había descubierto en la sangre de ellas la esencia pura del amor y pasión, completando así su perfume más preciado.
Ahora, por sus crímenes, Jean era perseguido. Él solo deseaba apartarse del mundo y así solo hizo. Llegó hasta el lugar donde nació y se puso el perfume sobre él; poco a poco las personas se acercaban a él, y con egoísmo le arrancaban un pedazo de carne aromatizada con este perfume. No paso mucho tiempo para que Jean desaparezca, consumido por la envidia y extremada pasión de los demás. Entendiendo fianlmente los estragos que ocasionó su intensa busqueda del amor propio.

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